“Estira la boca. Hazte el favor. Contrae los mofletes, estruja el mentón, afila tus labios. Achina esos ojos. Presume de arrugas. No, con la mano no vale. Tiene que ser con la intención. Estira tu boca. Estírala ahora. Porque sí, porque tú lo vales, porque hoy es hoy. ¿Ya está? ¿Aún no? Estira la boca. Y no me vengas con que te faltan motivos. Que si algún día no los encuentras, no te preocupes que los buscamos los dos. Que sí, que dicen que es contagioso. No es lo que pasa cuando tú nos regalas un estirón de boca. Es lo que ocurre con el resto del mundo cuando nos lo das. Cuando tú estiras la boca, a todas las alegrías les da por salir a pillar. Y vaya si pillan. Se marcan un crusaíto con el primer recuerdo que agarran, y le dan otro motivo para proyectar, para acabar con el futuro y maquillados de ilusión. Sí, ya sé que igual es sólo maquillaje, pero qué coño más nos da. Por un momento, atrévete a estirar la boca. Puede que después de hacerlo continúes exactamente igual que hasta ahora y hayas perdido el tiempo poniendo en práctica una sencilla expresión facial. O también puede que un día estires tu boca y de repente empiece a levantarse todo lo demás.”
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Porque la felicidad hoy en día viene con nombres y apellidos
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